Qué placer ese de
pasear una mañana de domingo a la orilla del Duero, ver a los niños tirarles
pan a los patos, como yo en mi infancia.
Qué bonitos los reencuentros, unos antes, otros después,
pero todos igual de emocionantes. Llenos de abrazos. Muchos abrazos.
El jaleo de los martes. Imposible no pararte con nadie por
el mercadillo. “Eres la hija del tal”. “Esta es la nieta de la fulanita”. “¡Que mayor estás!”.
Eso sí, las aceitunas nunca faltan.
Del banco a la plaza. Comer chuches en los soportales. Niños corriendo. Otros prefieren jugar a ser Casillas en la pared de la
iglesia. Caminar a la Arboleda por el Paseo Alicante, rodeando la muralla hasta
el matadero y de allí a rodar por el césped de la Arboleda.
Los viernes no hay puntualidad, pero si muchas cuestas. En
el cinto huele a primavera, y a tinto, del de verano. Las etiquetas vuelan. Y
lo de dentro también. Los snacks tampoco faltan.
Fiebre del sábado noche. Una de Paqui. Cervezas en el
Pixies. “A ver quién hay en el Santa”. “Venga,
un chupito”. Reggaetón a todo volumen. Perreo hasta abajo. Ay mi
dios. Nos liamos. Ralladas. La ultima y a casa. Un par de copas más. La
noche se alarga. Almuerzo y a la cama.
Domingo. Hoy no me levanto. No vuelvo a beber. ¿Qué hice yo
anoche? Agua. Mucha agua. Maletas. Paciencias al bolso. Despedidas. Viajes.
Vuelta a la rutina.
Lo llaman Almazán. Yo lo llamo HOGAR.
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