Es un día gris, triste, de esos en los que no te apetece
salir de la cama, los ideales para coger el lápiz y el papel. De esos en los
que te sientes como el día, esos en los que te comes la cabeza un poco más de
lo normal, mientras las gotas corren por los cristales de esta, nuestra
habitación.
Tirada en la cama llego un día más a la conclusión de que los
macarrones no combinan bien con mis días buenos. Tras esta reflexión, decido
levantarme y salir a explorar el mundo.
Me quito mi pijama, el más achuchable y adorable pijama, me
lavo la cara y me abrigo, tres vueltas de bufanda, por favor. Los auriculares
en una mano y el cuaderno en la otra ¡Ups, el paraguas!
Me pierdo por las calles sin rumbo, recuerdos asoman por mi
mente, iglesias, puertas, esquinas… Llego hasta el castillo, ¡qué bonito día
para sentirse princesa entre tanto sapo suelto por el mundo! Los princesos de hoy en día, por desgracia,
suelen salir rana. Sigo mi camino, Beret
en mis oídos y olor a tierra mojada, o
petricor, como lo llaman los vintage.
Camino mientras caen gotas, también del cielo. Saludo a los caminantes con una
gran sonrisa, hay que hacerse los fuertes de puerta para afuera, ¿cómo no?
Detengo mi camino en una mesita a la orilla del Duero, con
más recuerdos que nubes en el cielo, abro mi libreta. Sale la inspiración,
escribo. Se me congelan los pies, mi corazón arde. La gente camina, los perros
me miran mientras ignoro al mundo un rato más.
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