Echando la vista atrás, como en muchos momentos de soledad,
recordando tiempos mejores y peores, hoy me ha venido a la mente las últimas
semanas de verano. En seis de esos días viví una gran experiencia, la cual no
se volverá a repetir. Tuve la gran suerte de poder ser Dama de Honor en las
fiestas de mi pueblo, y lo mejor fue compartirla con mis amigas.
Tardamos unas semanas en confirmarlo, unas antes, otras
después, pero al final dijimos que sí, con la cabeza llena de miedos e ilusiones.
Pasamos parte del verano buscando modelitos para los actos, viendo como pasaban
los días hasta que llegó el más esperado de nuestras vacaciones.
Es miércoles 30 de agosto. Amanece un día nublado, amenazaba
lluvia y nosotras no podíamos parar de mirar en nuestros móviles el tiempo que iba
hacer a lo largo del día, con temor a que se suspendieran los actos.
Llegó la tarde, peluquería, maquillaje, la ropa colocada
encima de la cama, con los nervios a flor de piel; iba a llegar un momento que
nunca olvidaríamos y solo queríamos que nada saliese mal.
Corría el tiempo y llegó el momento, dieron las nueve y
cuarto, la plaza a rebosar gritaba con ganas de que empezaran los mejores días
del año, o por lo menos para los adnamantinos. Salieron los pregoneros, con su
bonito discurso, tras ellos, las peñas de honor, la despedida de nuestras
compañeras del año anterior, que nos daban el relevo. Por fin salimos una por
una, controlando los nervios, que iban en aumento. Recuerdo, y no se me
olvidará en la vida, lo impresionante que es salir al balcón y ver la plaza
abarrotada, a tus amigos, familia y al resto de tu pueblo gritar tu nombre sin
parar. Yo no quería irme de allí.
Empezamos el discurso, ese que preparamos entre cerveza y
cerveza, ¡BUENAS NOCHES ADNAMANTINOS Y
FORASTEROS!, “¡QUE NO CHILLES!”… Cantamos
a viva voz y con orgullo El paseo de la
Arboleda, y, tras las palabras del alcalde empezó nuestra nueva
experiencia.
Salimos del ayuntamiento y comenzó la lluvia de flashes, nos hicimos mil fotos con
nuestros amigos, la gente no paraba de decirnos lo guapas que estábamos y lo
bonitos que eran nuestros vestidos.
La noche nos confundía, entre el alcohol y las luces de la
verbena, bailamos sin parar, a pesar de la lluvia.
Jueves, suena el despertador, restos de maquillaje del día
anterior. ¡OH, NO! Hoy toca moño, con lo mal que me quedan, o por lo menos eso
pienso yo.
La resaca se hacía notar durante la misa, pero era
gratificante ver las caras de ilusión de los ancianos tras nuestra visita y
haber bailado con ellos unas cuantas canciones de la Banda Municipal.
Llegó nuestro primer paseíllo a la plaza de toros. Aquello
parecía fácil, pero lo de ir a la par, todas juntas, nos costaba un poco.
Llegamos a nuestro palco y colgamos nuestros mantones llenos de vivos colores.
Nos veíamos súper guapas con los sombreros y nuestros labios pintados de rojo.
Comentábamos unas con otras el espectáculo, no nos dejaban pasar sed y no
parábamos de reír.
Tras el paseo de vuelta, llegaba el momento de disfrutar con
nuestros amigos, pasar un rato en el local y volver a casa de día, que no era
necesario madrugar.
(Sé que no he hablado de que comimos macarrones todos
juntos, pero eso ya es tradición.)
El viernes siempre vivimos en la plaza de toros, comemos
paella y disfrutamos al máximo hablando, bailando con nuestros amigos y, como
no, con el litro en la mano, la crema esparcida por el suelo y una dama
desaparecida. Nos agarramos unas a otras y seguimos a la charanga.
Otra noche llegó, verbena y alcohol, ¡vamos de peñas!,
patatas en la feria, y alguna que otra lágrima, raro que no se nuble alguna
noche.
Diana, momentos que te llevan a la infancia, de la mano de
papá, pero esta vez las ojeras se apoderaban de la cara. Buenos días familia, y
a la cama.
Tras pocas horas de sueño, otro día de moño, ¡buff, que
pereza! Por fin, el vestido rojo que mi abuela tanto quería que llevase y, como
no, los labios rojos otra vez.
Fotos y más fotos. Otro paseo más, pero antes Cumpleaños feliz. Los empedrados no
hacían buena combinación con nuestros tacones, las Damas casi ruedan a lo largo
de la calle de la Merced, por suerte solo fueron pequeños sustos y ningún
esguince de tobillo.
Lo que se dice muy aficionadas al ruedo no es que fuéramos pero
el momento del lanzamiento de ramos es para recordar. ¡CUIDADO SEÑORAS Y
SEÑORAS, AGÁCHENSE, QUE ELLAS VUELAN CABEZAS! Ninguno entró directamente al
ruedo, pero lo intentamos, fue todo un espectáculo.
Esa noche no cundimos mucho, fuimos precavidas, nos esperaba
un gran domingo.
Arrancaba la diana floreada, por las calles sonaba la banda
y las damas la esperábamos con ilusión en las puertas de nuestras casas.
Recuerdo con ilusión el baile con mi abuela, ella ilusionada con su nieta y yo,
orgullosa de ella.
Teja y vestido largo otra vez, ojeras tapadas y, como no,
carmín en los labios. Nuestros pies notaban los días, los tacones cansaban y
las cuestas se hacían interminables. Misa de nuevo y subasta. ¿Quiénes serán
los afortunados de devolver al patrón a su ermita? Ayudamos a Cruz Roja por una
buena causa, nos sentimos realizadas.
No seriamos nosotras las más fans de la SD, pero
celebramos el gol que vimos como nunca lo habíamos hecho. Después de este tiempo,
aun nos preguntamos quién fue la que casi le vuela la cabeza al cámara en el
saque de honor.
Llego el momento más esperado. Estábamos nerviosas, nunca
habíamos pasado la procesión. Dieron las diez en el reloj de la villa, la plaza
se oscureció y el cielo se lleno de color. El ruido era estremecedor y la emoción
se apoderó de nosotras, yo me sentí muy orgullosa de pertenecer a esta villa.
Fue gracioso el cura que no paraba de hacer fotos durante toda la procesión: ¡selfie!
Tras la procesión y mi pequeño traspiés rodando escaleras
abajo, recibimos una placa y degustamos un aperitivo con las autoridades. Tras
un duro día, pudimos terminarlo con nuestros amigos y unas cañitas.
Llego el ultimo día, nuestro cuerpo nos ya nos pedía frenar,
pero por nosotras aguantábamos un par de días más. No era un día muy soleado,
pero hacia muy buena temperatura. Los señores y las señoras disfrutaban de los
juegos populares, los bolos volcaban, la rana tragaba y la tanguilla se
resistía a caer. Poco después se empezaron a formar largas colas, las familias
se reunían al final del paseo para degustar la tradicional caldereta un año
más.
Comenzó nuestra última bajada a los toros, tan descompensada
como las anteriores, pero la disfrutamos de la misma manera. Con nuestra
llegada a la plaza, comenzó el Gran Prix. Recordamos a Ramón García presentando
su programa, pero nos reímos más porque conocíamos a los participantes.
Poco a poco iba oscureciendo y el final se iba acercando. En
la verbena comenzaba a sonar rock y las antorchas se iban encendiendo. Al
llegar a la plaza comenzó a sonar el Pobre
de mí una y otra vez, las lágrimas caían y nuestro insólito abrazo
confirmaba que nuestra aventura había llegado a su fin.
Ahora me pongo un poco moñas, esta gran aventura no hubiera
sido lo mismo si no la hubiéramos vivido juntas y, como no, con el apoyo de la
parejita. Lo vivido juntas, no nos lo quita nadie. Siempre recordaremos esta
gran experiencia, días ajetreados, madres de los nervios, duchas de laca, una
inmensidad de fotografías y noches A LO LOCO. Ya tenemos algo más para contar a
nuestros hijos, jaja.
COMPIDAMAS, GRACIAS POR COMPATIR CONMIGO ESTA GRAN AVENTURA.
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