jueves, 22 de febrero de 2018

NUEVAS EXPERIENCIAS

Echando la vista atrás, como en muchos momentos de soledad, recordando tiempos mejores y peores, hoy me ha venido a la mente las últimas semanas de verano. En seis de esos días viví una gran experiencia, la cual no se volverá a repetir. Tuve la gran suerte de poder ser Dama de Honor en las fiestas de mi pueblo, y lo mejor fue compartirla con mis amigas.
Tardamos unas semanas en confirmarlo, unas antes, otras después, pero al final dijimos que sí, con la cabeza llena de miedos e ilusiones. Pasamos parte del verano buscando modelitos para los actos, viendo como pasaban los días hasta que llegó el más esperado de nuestras vacaciones.
Es miércoles 30 de agosto. Amanece un día nublado, amenazaba lluvia y nosotras no podíamos parar de mirar en nuestros móviles el tiempo que iba hacer a lo largo del día, con temor a que se suspendieran los actos.
Llegó la tarde, peluquería, maquillaje, la ropa colocada encima de la cama, con los nervios a flor de piel; iba a llegar un momento que nunca olvidaríamos y solo queríamos que nada saliese mal.
Corría el tiempo y llegó el momento, dieron las nueve y cuarto, la plaza a rebosar gritaba con ganas de que empezaran los mejores días del año, o por lo menos para los adnamantinos. Salieron los pregoneros, con su bonito discurso, tras ellos, las peñas de honor, la despedida de nuestras compañeras del año anterior, que nos daban el relevo. Por fin salimos una por una, controlando los nervios, que iban en aumento. Recuerdo, y no se me olvidará en la vida, lo impresionante que es salir al balcón y ver la plaza abarrotada, a tus amigos, familia y al resto de tu pueblo gritar tu nombre sin parar. Yo no quería irme de allí.
Empezamos el discurso, ese que preparamos entre cerveza y cerveza, ¡BUENAS NOCHES ADNAMANTINOS Y FORASTEROS!, “¡QUE NO CHILLES!”… Cantamos a viva voz y con orgullo El paseo de la Arboleda, y, tras las palabras del alcalde empezó nuestra nueva experiencia.
Salimos del ayuntamiento y comenzó la lluvia de flashes, nos hicimos mil fotos con nuestros amigos, la gente no paraba de decirnos lo guapas que estábamos y lo bonitos que eran nuestros vestidos.
La noche nos confundía, entre el alcohol y las luces de la verbena, bailamos sin parar, a pesar de la lluvia.
Jueves, suena el despertador, restos de maquillaje del día anterior. ¡OH, NO! Hoy toca moño, con lo mal que me quedan, o por lo menos eso pienso yo.
La resaca se hacía notar durante la misa, pero era gratificante ver las caras de ilusión de los ancianos tras nuestra visita y haber bailado con ellos unas cuantas canciones de la Banda Municipal.
Llegó nuestro primer paseíllo a la plaza de toros. Aquello parecía fácil, pero lo de ir a la par, todas juntas, nos costaba un poco. Llegamos a nuestro palco y colgamos nuestros mantones llenos de vivos colores. Nos veíamos súper guapas con los sombreros y nuestros labios pintados de rojo. Comentábamos unas con otras el espectáculo, no nos dejaban pasar sed y no parábamos de reír.
Tras el paseo de vuelta, llegaba el momento de disfrutar con nuestros amigos, pasar un rato en el local y volver a casa de día, que no era necesario madrugar.
(Sé que no he hablado de que comimos macarrones todos juntos, pero eso ya es tradición.)
El viernes siempre vivimos en la plaza de toros, comemos paella y disfrutamos al máximo hablando, bailando con nuestros amigos y, como no, con el litro en la mano, la crema esparcida por el suelo y una dama desaparecida. Nos agarramos unas a otras y seguimos a la charanga.
Otra noche llegó, verbena y alcohol, ¡vamos de peñas!, patatas en la feria, y alguna que otra lágrima, raro que no se nuble alguna noche.
Diana, momentos que te llevan a la infancia, de la mano de papá, pero esta vez las ojeras se apoderaban de la cara. Buenos días familia, y a la cama.
Tras pocas horas de sueño, otro día de moño, ¡buff, que pereza! Por fin, el vestido rojo que mi abuela tanto quería que llevase y, como no, los labios rojos otra vez.
Fotos y más fotos. Otro paseo más, pero antes Cumpleaños feliz. Los empedrados no hacían buena combinación con nuestros tacones, las Damas casi ruedan a lo largo de la calle de la Merced, por suerte solo fueron pequeños sustos y ningún esguince de tobillo.
Lo que se dice muy aficionadas al ruedo no es que fuéramos pero el momento del lanzamiento de ramos es para recordar. ¡CUIDADO SEÑORAS Y SEÑORAS, AGÁCHENSE, QUE ELLAS VUELAN CABEZAS! Ninguno entró directamente al ruedo, pero lo intentamos, fue todo un espectáculo.
Esa noche no cundimos mucho, fuimos precavidas, nos esperaba un gran domingo.
Arrancaba la diana floreada, por las calles sonaba la banda y las damas la esperábamos con ilusión en las puertas de nuestras casas. Recuerdo con ilusión el baile con mi abuela, ella ilusionada con su nieta y yo, orgullosa de ella.
Teja y vestido largo otra vez, ojeras tapadas y, como no, carmín en los labios. Nuestros pies notaban los días, los tacones cansaban y las cuestas se hacían interminables. Misa de nuevo y subasta. ¿Quiénes serán los afortunados de devolver al patrón a su ermita? Ayudamos a Cruz Roja por una buena causa, nos sentimos realizadas.
No seriamos nosotras las más fans de la SD, pero celebramos el gol que vimos como nunca lo habíamos hecho. Después de este tiempo, aun nos preguntamos quién fue la que casi le vuela la cabeza al cámara en el saque de honor.
Llego el momento más esperado. Estábamos nerviosas, nunca habíamos pasado la procesión. Dieron las diez en el reloj de la villa, la plaza se oscureció y el cielo se lleno de color. El ruido era estremecedor y la emoción se apoderó de nosotras, yo me sentí muy orgullosa de pertenecer a esta villa. Fue gracioso el cura que no paraba de hacer fotos durante toda la procesión: ¡selfie!
Tras la procesión y mi pequeño traspiés rodando escaleras abajo, recibimos una placa y degustamos un aperitivo con las autoridades. Tras un duro día, pudimos terminarlo con nuestros amigos y unas cañitas.
Llego el ultimo día, nuestro cuerpo nos ya nos pedía frenar, pero por nosotras aguantábamos un par de días más. No era un día muy soleado, pero hacia muy buena temperatura. Los señores y las señoras disfrutaban de los juegos populares, los bolos volcaban, la rana tragaba y la tanguilla se resistía a caer. Poco después se empezaron a formar largas colas, las familias se reunían al final del paseo para degustar la tradicional caldereta un año más.
Comenzó nuestra última bajada a los toros, tan descompensada como las anteriores, pero la disfrutamos de la misma manera. Con nuestra llegada a la plaza, comenzó el Gran Prix. Recordamos a Ramón García presentando su programa, pero nos reímos más porque conocíamos a los participantes.
Poco a poco iba oscureciendo y el final se iba acercando. En la verbena comenzaba a sonar rock y las antorchas se iban encendiendo. Al llegar a la plaza comenzó a sonar el Pobre de mí una y otra vez, las lágrimas caían y nuestro insólito abrazo confirmaba que nuestra aventura había llegado a su fin.
Ahora me pongo un poco moñas, esta gran aventura no hubiera sido lo mismo si no la hubiéramos vivido juntas y, como no, con el apoyo de la parejita. Lo vivido juntas, no nos lo quita nadie. Siempre recordaremos esta gran experiencia, días ajetreados, madres de los nervios, duchas de laca, una inmensidad de fotografías y noches A LO LOCO. Ya tenemos algo más para contar a nuestros hijos, jaja.

COMPIDAMAS, GRACIAS POR COMPATIR CONMIGO ESTA GRAN AVENTURA.

No hay comentarios:

Publicar un comentario